/Por: Raúl Yero García/
En los pliegues de la memoria popular local nuestra, entre voces añejas que aún se cruzan en esquinas y relatos, resurge la figura de Majín y su más trascendente historia: la del camastro . No es sólo un personaje ni un objeto: es un símbolo de resistencia y de ingenio en las maneras tan nuestra de transformar lo cotidiano en mito. La crónica que sigue no pretende fijar una verdad absoluta, sino abrir un espacio donde la leyenda y la realidad se entrelazan como las fibras de un místico tejido que se empeña en perpetuarse en la imaginación colectiva.
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Corrían los años 60 del pasado siglo.
Majín, ser obstinado, era también hombre de pocas palabras. Poco dado a blasfemar en las esquinas. Pero, en el fondo, un escolimado social, de entonces…
Sentado en la esquina de su barrio, solía contar historias de ciclones devastadores, de apariciones, de boleros que sonaban en los traganíqueles y de un puesto de viandas fundado por él que ya no existía.
Su vida era un mosaico de recuerdos y su voz cansada, más fuerte que la soledad.
Con lentos, pero firmes pasos, tres y cuatro veces por semana cogía rumbo a la Sierra, «zona sur oriental de nuestro poblado: Baire», a buscar leña y lo que se le pegara.
Volvía cargado, con los hombros vencidos, como si en cada viaje se jugara la posibilidad de seguir habitando el mundo.
La pobreza lo había llevado al extremo de no tener dónde dormir.
Hasta que un día en uno de sus habituales recorridos encontró una cueva, que resultó ser la renombrada caverna: «La Grieta» y decidió bajar a sus entrañas.
El Carso de Baire (clic), es reconocido por contener, en su geografía, este tipo de accidente.
Tempranamente había captado sus rasgos de majestuosidad y peligros. Pero seguía decidido a explorarla.
Al terminar parte importante de su descenso, grande fue su sorpresa y feliz su satisfacción: en uno de sus recodos encontró un camastro metálico.
Al salir de profunda meditación, decidió cargar con él.
Caminó kilómetros descendiendo sobre “dientes de perro”, topografía agresiva para cualquier ser humano.,
Al llegar a casa, las pocas fuerzas que le dejó el atrevimiento de recorrer, con él a cuesta, cerca de 5 km, le permitieron, por suerte, colocarlo en su desacomodado y mugriente cuarto.
Al parecer había resuelto un gran problema.
Pasaron unos días y todo era felicidad.
Pero una noche empezó a sentir que aquello se movía.
Pensó que era una pesadilla, a la noche siguiente sintió lo mismo.
Entonces, al quinto día, escuchó una voz que le susurraba al oido:
“Devuelve el camastro a su lugar.”
Transcurriendo las horas de las siete siguientes madrugadas escuchó el mismo fastidio:
«Devuelve el camastro a su lugar»
Y no le quedó más remedio que hacer cumplir el fastidioso pedido de aquella tenebrosa voz.
Al octavo día, bien oscuro, colocó el camastro sobre sus hombros y nuevamente recorrió los mismos kilómetros sobre “dientes de perro”, pero ahora en retador ascenso, devolviéndolo a la cueva, como quien devuelve un secreto a su único dueño.
Desde entonces, en la esquina de siempre, no se cansaba de repetir que las entrañas de la tierra tienen memoria y que lo que se arranca de ellas siempre pide volver.
Hasta los últimos años de su vida contó esa historia y aseguraba que era cierta.
Y cuando falleció, los vecinos lo acostaron en el camastro, minutos antes de colocarlo en el féretro.
Así, las memorias de Majín, junto a la Grieta del Carso de Baire que hizo el reclamo, quedaron plasmadas en el imaginario popular local, convirtiéndose en leyenda.
¡EPD Majín…!!









