/Por: Raúl Yero García/
Recuerdo nítidamente que una tarde de otoño, ya en el ocaso de su vida, mi santa madre me dijo:
"No creas siempre en aparentes buenas intenciones. Los demonios que buscan habitarnos, muchas veces se presentan disfrados de luz, de promesas, de palabras dulces... Y detrás de un gesto amable puede esconderse la perversidad, la depravación, el halo de lo nefasto, que nos hunde en la decepción"...
Hoy, los demonios que me habitan no son fruto de mi imaginación. Yazco en la penumbra de mis pensamientos circundado, no por erráticos pasos de criaturas fantásticas o de leyenda, sino, reales. Percibo su ingravidez, su desconexión, los padezco. Son presencias íntimas que se manifiestan en mis entrañas, recordándome que mis flaquezas son el pulso de mi fatua existencia. A veces llegan disfrazadas de pérdida de fe, impotencia, otras de dudas, de dolores que me atraviesan como fuego lento, por la desilusión y, como si fuera poco, la brutal y misteriosa afecciôn de la naturaleza invasiva y cruel atribuîda al Chikungunya.
Su fiebre ardiente y sus malestares articulares me han hecho pensar que mi cuerpo, convertido en un campo de batalla, ya nunca más será sano. Ésto no es solo un virus pasajero, como otros, ha venido para dejarnos un estremecedor recordatorio: "la resistencia humana tiene límites y la vulnerabilidad puede instalarse como lastre prolongado.
Pero no es el único. Me acompañan demonios cotidianos que se disfrazan de rutina, de incertidumbre, de cansancio acumulado en medio de una crisis que no muestra final.
Son silenciosos, pero intentan socavar mi resistencia, mi dignidad. Llevarme, con sutileza, a la rendición, a la aceptación de la resignación como algo normal, digamos honorable, sin perseverar.
También me habitan otros demonios, nacidos de otroras y presentes circunstancias históricas procreadas por la lucha de clases, las crecientes tensiones entre el ala izquierda y la derecha que barren los sueños palestinos. Testigos de legítimas heridas colectivas que aún sangran por la precariedad, la quietud, el miedo y las dudas a no ser escuchado. Resonancias de disyuntivas que nos pone a elegir absurdos.
En fín, son tormentas que me obligan a seguir creando, porque en ellas encuentro el alcance de la poesía y la fuerza de la palabra compartida.No pretenderé expulsarlos de mí de una manera imprudente, indigna.
Los sufro, los reconozco, los nombro, los enfrento...
Mis demonios no me vencerán...
Razones me obligan a buscar la luz perpetua en cada gesto de esperanza compartida...
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[Extraído de mi blog en Hive]














